Viaje hacia adentro

Sucede que tenía todo listo para viajar a Madrid, y no pude llegar a tiempo. En la sala de embarque esperé dos horas más. Hasta que abordé otro avión sin presentir que mi única y pesada maleta se iba a extraviar en la calurosa y simpática ciudad de Miami. Dentro de ella mi ropa, y el último libro publicado de Cleopatra Smith, lo llevaba para que me lo autografíe en la espectacular Feria del Libro de Madrid. Quedé pasmado a lo largo de estas muchas horas de vuelo. Tenía la melancólica sensación de que nunca iba a pisar tierra. Que me iba a quedar para siempre en el aire. Entonces decidí dormitar un poco para tranquilizarme. Me puse unos auriculares para escuchar música relajante del rumano Zamfir tocando magistralmente su flauta de pan. Ya llevaba un día viajando y los demás pasajeros no mostraban señal de preocupación, parece que recién empezaba el viaje. Viajar a más de veinte mil pies de altura me produce terror, pero ni modo tengo que seguir viajando, a dónde más voy a ir. Hasta que una mano fría y firme me sacó del semisueño en que me encontraba. Miré de donde venía esa mano pero no pude llegar hacia la persona dueña de esa mano, abrí más los ojos, me saqué los auriculares, y ya la mano no estaba sobre mi hombro. La señorita de ascendencia nórdica que estaba a mi lado me sonrió muy coqueta como si ella fuera la dueña de esa mano. Pasaron los días y seguía viajando, noté que los pasajeros iban disminuyendo como si se estuvieran teletransportando. Supongo que ya Madrid estaría lejísimo, peor aún el lugar desde donde partí. Me puse de pie y fui directo al baño, un pasillo de neblina me guiaba, sin presentir que alguien iba a accionar un dispositivo, se abrió el piso, y ¡zas! caigo del avión a más de veinte mil pies de altura, muerte fija gritaron los pocos pasajeros que quedaban en el avión. Y así fue, iba cayendo, cayendo, cayendo, hasta que el beso mañanero de mi hijita me despertó pero no podía abrir los ojos, luego mi mujer me besó los labios pero no podía abrirlos, estaba paralizado. Oí pasos alejándose. Una voz me susurró silabeando vi-ve. El respirador artificial era mi única arma contra la muerte sin saber que ella la estaba manipulando. Supuse que al día siguiente o días después me iba a revelar contra la misma muerte, por fin me pondría de pie, dejando atrás las agonías, un duchazo refrescante, ropa nueva y bien planchada, saldría a la calle a respirar un nuevo aire más renovado. Ir a hacer mis compras, saborear un exquisito helado, degustar mi platillo favorito, pasear por el Parque de la Reserva, pero una sensación extraña invadió mi cuerpo, algo así como un vacío interior. En esa misma cama una noche cualquiera vinieron a visitarme mi padre ido y mi madre ida, para convencerme de que me vaya con ellos, cosa que hice y no me arrepiento, definitivamente todo lo escrito aquí tiene un solo dueño: esa mano a quien nunca le pude ver el rostro.

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