El Lector

Muchos libros he leído, así como otros muchos libros que no he leído, ya sea por factor tiempo, ganas. Me considero un autor que escribe mirando mucho los posibles gestos del lector. Y esto distrae demasiado todo lo que estoy escribiendo, hasta mostrarse como un desorden que no ayuda a leerse con claridad y lucidez el texto escrito. Procuro entonces no sumarle faltas de ortografía al texto, y escribir tranquilo, concentrado, dentro de la propia música con volumen bajo de mis pensamientos, construyendo personajes que caminen libremente dentro de la atmósfera del argumento, que se sientan como en casa, con mucha naturalidad. Pasa que si uno robotiza los personajes, no les da una buena caracterización, decaen los diálogos, el ritmo de la narración ya no es trepidante, no tiene el don de fluir como dice mi amigo Drexler, sino languidece, entonces el lector se aburrirá y su inmediata acción será cerrar el libro.

Es como un enlace, autor-obra-editor-lector, si no funciona este enlace se caen todos los estantes. Pienso que el autor tiene una obligación personal con escribir un libro por lo menos interesante, bien escrito, y no cualquier imitación de gran obra, tan promocionada en los circuitos literarios. El lector adquiere una obra y paga por su interés y curiosidad, entonces se me hace justo que no se le estafe con una obra mal editada y peor mal escrita. Cuando se abre un libro se origina una actitud pasiva, alguna interrogante o un entusiasmo contagiante. Menciono al escritor Julio Cortázar cuando usa la expresión lector-hembra que exige la participación activa del lector, es decir como si fuera un coautor. O la otra expresión de lectores cómplices como si estuvieran un pacto con la obra misma y no tanto  con el autor. Es interesante observar desde otro punto de vista que el lector existe mientras la obra respire, es decir tenga vida, porque conozco de muchos libros que a pesar de estar publicados ya están muertos al llegar a las librerías, y eso que vienen con intensa publicidad. El libro para mí es más que un objeto cultural, es una materia palpitante con ganas de ser leída muchas veces. El lector al llegar a la última página por fin quedará complacido, o en todo caso no pasará de las páginas hasta donde pueda soportarse una amarga lectura ante una obra mal escrita. Ese enlace vital: autor-obra-editor-lector es como un romance que debe estar siempre en permanente renovación.

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Me (1)

Me impactan y encantan las canciones de Juan Luis Guerra tienen y contienen un efecto en mí que me impulsan a bailar y a soñar. Me adentran los sustanciales escritos del iluminado César Vallejo cuando hace de su artesanal gramática toda una poética fiesta dolorosa y pasional. Me identifico con las alucinantes visiones pictóricas de Edward Hopper y su aplastante originalidad. Me resulta gratificante y valioso leer y captar todo el variopinto talento narrativo de Claudia Piñeiro al revelarnos la profunda  impronta de su exquisita sensibilidad. Me entusiasmaba ver cuando niño al evocar a mi padrino José Carlos Mantero Aris todo un personaje argentino siendo peruano, el ché, su cantar tanguero, su don de gente y el buen vestir tan característico en él. Me sumo a los eternos honores por el Caballero de los Mares don Miguel Grau Seminario, peruano ilustre, estratega eficaz ante lo adverso, incansable protagonista y activo heroísmo que se historia inmortal cuando entramos admirados en el respetuoso y extenso mar de Grau. Me inquietan los ebrios versares de Sabina y su contagiosa chispa, todo en él se poliniza y se adjetiva. Me intimida la tímida belleza inolvidable de la recordada Marilyn Monroe. Me posterga tanta genialidad y poderoso realismo de León Tolstoi. Me cambian los faros del horizonte imaginario cuando absorbo fascinado la escritura fabuladora de García Márquez. Me llevan desde Rosario hacia otras galaxias las canciones aventureras del pianísimo y deslumbrante Fito Páez. Me voy y ya regreso para que no se agote inesperadamente lo que va a continuar…

Viaje hacia adentro

Sucede que tenía todo listo para viajar a Madrid, y no pude llegar a tiempo. En la sala de embarque esperé dos horas más. Hasta que abordé otro avión sin presentir que mi única y pesada maleta se iba a extraviar en la calurosa y simpática ciudad de Miami. Dentro de ella mi ropa, y el último libro publicado de Cleopatra Smith, lo llevaba para que me lo autografíe en la espectacular Feria del Libro de Madrid. Quedé pasmado a lo largo de estas muchas horas de vuelo. Tenía la melancólica sensación de que nunca iba a pisar tierra. Que me iba a quedar para siempre en el aire. Entonces decidí dormitar un poco para tranquilizarme. Me puse unos auriculares para escuchar música relajante del rumano Zamfir tocando magistralmente su flauta de pan. Ya llevaba un día viajando y los demás pasajeros no mostraban señal de preocupación, parece que recién empezaba el viaje. Viajar a más de veinte mil pies de altura me produce terror, pero ni modo tengo que seguir viajando, a dónde más voy a ir. Hasta que una mano fría y firme me sacó del semisueño en que me encontraba. Miré de donde venía esa mano pero no pude llegar hacia la persona dueña de esa mano, abrí más los ojos, me saqué los auriculares, y ya la mano no estaba sobre mi hombro. La señorita de ascendencia nórdica que estaba a mi lado me sonrió muy coqueta como si ella fuera la dueña de esa mano. Pasaron los días y seguía viajando, noté que los pasajeros iban disminuyendo como si se estuvieran teletransportando. Supongo que ya Madrid estaría lejísimo, peor aún el lugar desde donde partí. Me puse de pie y fui directo al baño, un pasillo de neblina me guiaba, sin presentir que alguien iba a accionar un dispositivo, se abrió el piso, y ¡zas! caigo del avión a más de veinte mil pies de altura, muerte fija gritaron los pocos pasajeros que quedaban en el avión. Y así fue, iba cayendo, cayendo, cayendo, hasta que el beso mañanero de mi hijita me despertó pero no podía abrir los ojos, luego mi mujer me besó los labios pero no podía abrirlos, estaba paralizado. Oí pasos alejándose. Una voz me susurró silabeando vi-ve. El respirador artificial era mi única arma contra la muerte sin saber que ella la estaba manipulando. Supuse que al día siguiente o días después me iba a revelar contra la misma muerte, por fin me pondría de pie, dejando atrás las agonías, un duchazo refrescante, ropa nueva y bien planchada, saldría a la calle a respirar un nuevo aire más renovado. Ir a hacer mis compras, saborear un exquisito helado, degustar mi platillo favorito, pasear por el Parque de la Reserva, pero una sensación extraña invadió mi cuerpo, algo así como un vacío interior. En esa misma cama una noche cualquiera vinieron a visitarme mi padre ido y mi madre ida, para convencerme de que me vaya con ellos, cosa que hice y no me arrepiento, definitivamente todo lo escrito aquí tiene un solo dueño: esa mano a quien nunca le pude ver el rostro.

Diluir el tiempo

Se trata de vivir de la mejor manera, pero el inexorable paso del tiempo abruma cualquier iniciativa personal. Uno siempre intenta sacudirse de una buena cantidad de obstáculos, y en ese férreo combate o se gana o se pierde, pero ojo el tiempo no se detiene sigue su curso sin distraerse, sólo la ineluctable muerte tiene el poder de hacerlo.

Porque uno está concentrado en diversas actividades que a diario te exige mucha responsabilidad y eficiencia, pero ante cualquier pretexto emocional detienes tu labor y te pones a pensar en cosas aparentemente intrascendentes, pero visto desde otra dimensión tienen el residuo de una provechosa utilidad. Ideas como visiones que la poderosa ambición proyecta, rescatándola del ninguneo fácil que da la depresiva carencia de autoestima.

El día tras día resume la consistencia del empeño o el prurito que uno le debe poner a las cosas. No doblegarse, no bajar la cabeza, empezar con las pilas bien recargadas, con el panorama limpio delante de uno, nada nublado que enturbie el paisaje cotidiano de nuestras expectativas. Puesto y rodeado de mucho cemento y escaso verde por todos lados, camino libremente por los tránsitos de la vida escuchando la armoniosa sinfonía de mis adentros, listo para el combate diario, la sublime importancia de ser mejor cada día. Por eso lo de diluir el tiempo, no estar apoltronado mirando como vienen y van las circunstancias, sino que uno tiene el deber de tener un rol activo en los fundamentos existenciales de su propia  vida. Por donde voy escucho del habla popular el ‘ya fuiste’, y uno tontamente se deja abatir o se relativiza, sin darle vuelta a las cosas.

La vida misma es un constante luchar y luchar, manejar bien nuestros propósitos, no aumentar demasiado la velocidad del pensamiento, no enrarecer nuestro lenguaje cotidiano.

Observo que los jóvenes (con excepciones) de hoy tienen muchísimo de humo y de chusma. Su insolencia es tal que desperdician la vida creyendo en eso de que ‘uno vive como le da la gana’. Sí pues. Viven tan acelerados que se confunden y se atropellan entre ellos, en ese cretino actuar de creer que están por encima de las personas.

El mejor espejo para verse reflejado es la sinceridad, sin ella no vamos hacia ningún lado. Es engañarnos, hacerle trampa a los latidos del corazón, falsear los pasos, vivir ajenamente, respirar el oxígeno del otro.

Entiendo que la vida cuando es demasiado lineal ya aburre, vivir paisajeado de sobresaltos, aventuras, atrevimientos, enriquece la perspectiva vital. Digo que no se debe pedir permiso para vivir sino entrar con todo. Sí se puede, claro que sí. Esa es la mayor convicción que uno debe escucharla y sentirla todos los días de nuestras vidas.

Vera Drake y las mujeres inglesas de la posguerra

En la Inglaterra oscura, endeudada y depresiva de la posguerra, el aborto no estaba legalizado. Ya desde 1861 se condenaban los abortos practicados antes de los primeros movimientos fetales. Tuvo que esperarse hasta 1967 para que sea legalizado. Esta Ley fue aprobada el 27 de octubre de 1967, y pudo recién ser aplicada la Abortion Act a partir del 27 de abril de 1968. En aquella época hubo no sólo una sino varias Vera Drake, tal vez no tan bondadosa como ella. En la Inglaterra de los años 50 una mujer de clase media alta con 100 libras bastaba para practicársele el aborto, en cambio una mujer pobre con apenas 2 libras caía en manos de la Vera Drake quien no cobraba por sus clandestinos servicios; sus instrumentos eran un simple jabón, un desinfectante, una toalla, un rallador, un cepillo de uñas, un enema de goma [instrumento prohibido en 1861].

Pasaron muchos años para que Londres fuera considerado el lugar oficial donde acudirían las mujeres del resto de Europa a practicarse abortos legales y seguros. La interrupción del embarazo no sólo era ilegal sino penalizado como un crimen injustificado. Después de consumado el aborto eran evidentes las repercusiones psicológicas, el miedo a que sea dañado irreparablemente el útero, el riesgo mayor de morir por una terrible infección. Desde 1967 en que fue aprobada la Ley, todos los países le otorgaban una total y absoluta protección a la vida humana desde la concepción, salvo cuando la vida de la futura madre estuviera en peligro. El aborto legalizado estaba ya permitido no desde las 28 semanas de gestación sino desde las 24 semanas por una enmienda de 1990, precisamente la Ley del aborto de 1967 fue enmendada en 1990 por la Ley HFE Act 1990 (Ley sobre Fertilización humana y embriología de 1990). Teniéndose en cuenta que desde la octava semana el embrión pasa a denominarse feto, y a las 11 semanas el bebé ya está completamente formado y tiene el tamaño de un higo, midiendo aproximadamente 4 centímetros y pesando 7 gramos, su piel es casi transparente, que se le pueden ver  sus venas.

Precisamente Mike Leigh, director de cine, de nacionalidad inglesa, sus raíces vienen desde una familia judía inmigrante, su verdadero nombre es Mike Lieberman, realizó una película sobre este polémico tema titulado «El secreto de Vera Drake», fue estrenada el 22 de octubre del 2004, la historia de una mujer casada, de clase media pobre, a inicios de los años 50, que trabaja como limpiadora en casas de gente rica, y que después de las cinco de la tarde se dedica en cuerpo y alma a practicar el aborto.  «Su secreto la condena», esto tiene validez desde el desenlace de un aborto a una chica que tiene que ser hospitalizada en estado grave por complicaciones abortivas, entra en el escenario de los hechos la Policía quien la va a buscar a su casa para interrogarla por este acto criminal:

-¿Queremos hablar con la señora Drake?

 En el momento que se celebraba el compromiso matrimonial de su hija Ethel y de Reg su futuro yerno, el mundo de Vera Drake empieza a desmoronarse.

«La historia de una mujer que lo sacrificó todo por aquello en lo que creía, que sintió compasión por estas chicas jóvenes que no tenían a quien recurrir cuando se enfrentaban con un embarazo no deseado».

La mujer

Salí del Renault recién comprado, no era muy tarde, apagué la televisión, dejé en el sillón varias revistas, y mi maletín de color granate, mi mujer aparentemente cansada se había quedado dormida, la levanté con cuidado, la llevé a nuestra habitación, porque no tengo actitudes machistas ni conductas psicopáticas para maltratarla y someterla.  Mi mujer pesa 52 kilos, de 155 centímetros de estatura, ojos verdes, cabello castaño, piel muy suave y una mirada muy fija. Besa muy rico pero nunca me dice nada, ese es nuestro primer impasse. Tengo que comprender que es de fabricación sintética, dignas del último invento «high-tech», en la cama es una muñeca sexual hecha a mis expectativas.

Pero me engaño, no hay como una verdadera mujer  que se sepa querer a sí misma, yo valoro su gran inteligencia, su sensibilidad sin hacerla extrema, y también resalto sus defectos y virtudes, su perfecta anatomía, el tener un esqueleto bien constituido por calcificados 206 huesos, precisamente sus sensuales movimientos que le proporcionan sus 650 músculos individuales bien fijados al esqueleto, unos senos aceptables, nada de siliconas, un clítoris que mida 13 centímetros y no esté tan oculto, un ombligo bien delineado, unas piernas largas sin várices, una sonrisa legítima y en lo posible sin caries, unos brazos sin vellosidad y sin tatuajes, unos labios carnosos como Angelina Jolie, pero eso sí nada de piercing, no necesita teñirse el cabello, porque eso le puede producir una reacción alérgica, y luego un terrible estado comatoso.

Como nos dice la canción del catalán Joan Manuel Serrat « La mujer que yo quiero, me ató a su yunta, para sembrar la tierra de punta a punta, de un amor que nos habla con voz de sabio, y tiene de mujer, la piel y los labios», pero no comparto lo de Francisco Umbral cuando dice en actitud misógina, «A uno la violación le parece el estado natural/sexual del hombre. La hembra violada parece que tiene otro sabor, como la liebre de monte. Nosotros ya sólo gozamos mujeres de piscifactoría».

Nunca olvidemos que estuvimos en el vientre materno durante aproximadamente nueve meses, de allí me surge la idea o asociación del parto/partir del recién nacido para completar toda la evolución de la especie humana. La mujer no necesita de un «Día internacional de la mujer» ni de sospechosos «concursos de belleza», ni de «competencias de alto riesgo». La mujer en pleno siglo XXI debe ser valorada en toda su exacta dimensión de ser humano, y no ser tratada como una animal yendo al matadero para ser sacrificada una vez más, pero desgraciadamente las estadísticas oficiales no mienten, y se la sigue maltratando, asesinando, ¿hasta cuándo? Realmente vivimos en la hipócrita dicotomía civilización y barbarie. El presente y futuro de la valorización de la mujer tiene muchísimos nubarrones, incontables espejos rotos, cunas ensangrentadas, gritos silenciados, infinidad de cuerpos de mujeres hundidos en la tierra más cómplice e infernal.

Con ustedes, Blanca Varela

 

 

…«He dejado la puerta entreabierta / soy un animal que no se resigna a morir…».

Blanca Varela nació en Lima el 10 de agosto de 1926, desde pequeña no le interesaba las muñecas ni los juegos de niña, le gustaba las cosas de la gente mayor, era fabuladora, escribió 12 libros de poesía. Obtuvo Premios importantes como el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001, luego el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca 2006, también la XVI Edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2007. Colaboró con sus textos en diversas revistas literarias, la más importante fue en 1947 en la revista Las Moradas, que dirigía en ese entonces el poeta Emilio Adolfo Westphalen. En 1949 llega a París acompañada de su flamante esposo el pintor Fernando de Szyszlo, donde tuvo importantes contactos con intelectuales de valía como Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Rufino Tamayo, Giacometti, Carlos Martínez Rivas, el mismo Octavio Paz. También residió algunos años en Florencia y en la ciudad de Washington, lugares donde se dedicó a realizar traducciones periodísticas.

Entrar en la poesía de Blanca Varela significa entrar en un mundo muy personal, influenciada por sus propias lecturas, por su estadía en Europa, su cercana amistad con artistas que frecuentaban la peña Pancho Fierro, su desbordado interés por la Pintura. Desde allí va bosquejando todo un estilo diría yo descarnado, abrasivo, pictórico, nada retórico, severa, lacerante, enraizada, atemporal, con un silencio participativo que calla a tiempo, con esa exactitud verbal que sorprende, desde que leí el poema «Casa de cuervos», quedé impactado por esa ternura extraña en ella, por esa sentimental interiorización del sujeto hablante, luego observé que enriquecía el contenido de sus versos con palabras en latín, inglés, francés, y con algunos neologismos. No hay en su poesía nada que se detenga, después de leído el poema, uno sigue recorriendo nuevamente, esos espacios dejados por la talentosa velocidad creativa del poema escrito, en su pequeña máquina Olivetti Lettera, que estaba siempre esperándola en su mesa de trabajo con un poema a medio terminar.

A Blanca Varela solo la vi dos veces en mi vida, la primera vez fue en el Banco de Crédito ubicada en la avenida Larco, en Miraflores, no preciso el año, puede ser 1999, estaba acompañado por mi primo hermano Eduardo. Cuando la vi, se me vinieron de pronto todos sus versos, me sacudió emocionalmente verla, ya era desde entonces lector fiel de sus obras, así como entró, salió muy rápido. La segunda vez fue, con ocasión de una disertación sobre su Obra, y los 40 años de la publicación de «Luz de día». Esa noche acudí al Centro de la mujer peruana Flora Tristán, 7 p.m. llegué muy puntual, a unos doce metros desde donde yo me encontraba estaba Blanca Varela, cuando terminó la interesante disertación, ella estaba acompañada por la poeta Giovanna Pollarolo, me hice espacio entre la concurrencia, y me atreví a acercarme, yo llevaba un anillado con mis poemas que gustoso se lo dediqué, y que ella agradeció con esa mirada serena, de gran artista, y puse entre sus atesoradas manos su segundo libro de poemas, pero el primer libro editado en nuestro país por la célebre Ediciones de la Rama Florida [1963] fundada por el poeta Javier Sologuren. Mi corazón empezaba a pasarme la factura, por tantas emociones en un breve lapso de tiempo, Blanca me lo autografió diciéndome: «Para Adán de Maríass cordialmente Blanca Varela», libro que conservo como un tesoro personal. Un fotógrafo de ocasión se acercó presto para tomar la instantánea, pero aceleré una respuesta que nunca debí decir: no. El fotógrafo se hizo a un lado, Blanca Varela se fue alejando, acompañada de la poeta Giovanna Pollarolo, prudencialmente la fui siguiendo hasta que ella entró al Volvo azul que la esperaba en la puerta trasera del referido lugar. Explico que dije no al fotógrafo, porque el dinero que tenía en mi bolsillo estaba destinado a pagar el recibo de luz al día siguiente, y no podía hacer ese gasto, esa misma noche mi tío Domingo [hermano de mi madre] cuando le conté lo sucedido [el es invidente] se enojó conmigo, me dijo que «tremendo error no tomarte una foto con la gran poeta, ya no se volverá a repetir ese momento», y la pura verdad no se equivocó el tío, nunca más me volví a encontrar con Blanca Varela, ella moriría el 12 de marzo de 2009, seis años después de nuestro último encuentro [26 de marzo del 2003], y lo que es la vida 37 días después de asistir a ese último encuentro con Blanca Varela, mi querido tío Domingo fallece.

Recordar a Blanca Varela es tenerla presente en la fundamental lectura de sus versos que siempre se acercan a mis oídos, con su voz firme, muy de poeta, con ese elegante caminar, con esa sobria mirada, Blanca Varela me suscita volver a evocar esos aplausos al final de la disertación, aplausos continuos e interminables, que se los merece, ahora recuerdo cuando le dijeron al recibir el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2001, que el 5 % de ese premio iba al Estado Peruano, y ella se preguntaba «que había hecho el Perú por mí», y razón no le faltaba, es conveniente añadir a eso el comentario del gran periodista César Hildebrandt cuando nos dice que «el Perú trata más o menos siempre a su gente, si no la trata mal, la trata más o menos…el Perú suele ser así, el Perú es madrastra de sus hijos». Me hubiese encantado conversar con Blanca Varela, pero en ese momento me era imposible, tal vez no estaba a la altura de establecer una conversación con distinguida escritora, porque además que le iba a decir, me hubiese turbado su sola y prolongada mirada, ese pensar con la mirada de sus más brillantes e inolvidables versos.